La manoseada temática del desarrollo y la ideología del desarrollismo corresponden muy bien a este tipo de posiciones dogmáticas e intransigentes, propias de aquellos que se resisten a ir más del coro de repetidores de algunas consignas, a partir de las cuáles se consigue alejar al grueso de la población del examen y la discusión de los temas y asuntos que de verdad revisten importancia para su vida cotidiana, por no decir que para su mera supervivencia.
La verdad es que estas construcciones o bloques rígidos de pensamiento dogmático, propios de las mentalidades de un puñado de tecnócratas y cortesanos de todo pelaje, se encuentran tan interiorizadas hasta en la mentalidad de algunas gentes del común quienes, incluso de buena fe, se resisten a la materialización de cualquier intento serio de examinar, con alguna libertad y no sin alguna dosis de rigor, los supuestos o referentes teóricos y empíricos del llamado desarrollo, esa línea del horizonte que de manera incauta perseguimos alcanzar para caer, de manera incesante, en nuevas frustraciones cuando constatamos, una vez alcanzado el punto que observábamos a la distancia, que esa línea del horizonte se nos muestra esquiva e inalcanzable.
De esta manera, al igual que el conquistador español Juan Ponce de León, seguimos buscando, a través de las entonces ignotas regiones de La Florida, con todo y su Miami incluido, algo así como una nueva fuente de la eterna juventud, como condición previa a cualquier intento de mirarse en el espejo.
Los colonizadores europeos una vez que habían saqueado durante siglos, en algunos casos y otros al menos a lo largo de un centenar de años, los recursos naturales del continente africano y hasta diezmado su población con el tráfico de esclavos hacia el continente americano, le dijeron a las nuevas naciones africanas surgidas durante la descolonización de los años sesenta del siglo anterior, que durante las décadas sucesivas tenían que convertirse en naciones desarrolladas, a semejanza de las metrópolis coloniales de Francia, Inglaterra y Bélgica, por sólo mencionar algunas de las potencias europeos que terminaron por repartirse, con escuadra y compás, todo el territorio de África, en la Conferencia de Berlín, de 1885.
Los europeos que habían subdesarrollado, desde antes del punto de partida en la carrera, a sus antiguas colonias usaban ahora el mito del desarrollo, por lo demás siempre inalcanzable, para imponerle una serie de condicionantes políticos y económicos a los nacientes estados-nación africanos. De esta manera, el saqueo colonial continuaba por otros medios, con ropaje progresista y todos los demás adornos del caso.
El entonces, por primera vez presidente de Costa Rica, Óscar Arias Sánchez, se permitió decirle a la ciudadanía, durante la segunda mitad de la década de los 1980 que nuestro país se convertiría, gracias a la ejecución sus políticas de corte neoliberal/neoconservador, surgidas de los lineamientos del Consenso de Washington y de los reaccionarios think-tank( no importa si son republicanos o demócratas) del imperio del norte, un evento que de consenso tuvo poco o nada, en el primer país desarrollado de América Latina.
Buen efecto de luces y excelente trampa para cazar bobos (entiéndase deslumbrados boquiabiertos), para encubrir el saqueo y desmantelamiento del Estado y las principales instituciones de los costarricenses, por parte de una pandilla de tecnócratas y políticos autoritarios. Por cierto que ahora, en el nuevo siglo, este juego se encarga de repetirlo, a pie juntillas, su discípula Laura Chinchilla, quien vuelve a prometernos la Jerusalem (¿Babilonia acaso?) del desarrollo, mientras se prepara a darle el último zarpazo a las principales instituciones nacionales y a la débil institucionalidad democrática del país.
En síntesis, el Estado policial y autoritario se encuentra ya a las puertas en este pequeño país centroamericano impulsado por Chinchilla y su ministro Tijerino, pero sobre todo contando con el apoyo y el aplauso de Hillary Clinton, la Secretaria de Estado del presidente Obama y sus procónsules imperiales, a partir de un manipulador y obsesivo discurso acerca de la seguridad de los habitantes, para cuya difusión cuentan con el decisivo concurso de los medios de incomunicación social. Estemos atentos, no vaya a ser que por estar escuchando, en actitud boquiabierta, los discursos sobre un mítico desarrollo, que nos prometen los personeros del régimen, perdamos las pocas libertades democráticas que aun nos quedan.
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24 set | rogelio cedeño. Como suele suceder con todas (o casi todas) la estructuras dogmáticas de pensamiento, las que por cierto no suelen mantener una relación de correspondencia con la...
















