El paisaje está conformado por una serie de colinas con sus extensos potreros y áreas o pequeñas manchas boscosas, que se sitúan al lado de algunos cultivos de plátano, hortalizas y café que nos ofrecen, si de satisfacer la visión de los humanos se trata, una cierta variedad de tonalidades del verde y el azul de gran belleza e intensidad, dentro de un conjunto que resulta muy agradable a los ojos del observador atento y de verdad sensible a las distintas expresiones del medio circundante.
Estas irregularidades del terreno, situadas al lado del camino que separa a Cañas
Gordas de Sabalito, otra localidad próxima a la frontera y un poco más cercana a la que se percibe desde la finca de Francisco, como una gigantesca mole azul compacta y casi siempre nublada: la cordillera de Talamanca que puede apreciarse hacia el norte, con las cumbres del Cerro Echandi y el Cerro Pando, situadas casi en las inmediaciones de la frontera y que acaba por internarse dentro del territorio panameño, separando las provincias de Chiriquà y de Bocas del Toro, al igual que lo hace con las de Puntarenas y Limón, a este lado de la lÃnea fronteriza
Â
Cuando hablamos del viejo camino hacia Sabalito, que tantas veces recorrió Francisco Cedeño, no podemos olvidarnos de que se trata de una ruta apenas lastreada que va serpenteando por la orilla de la finca y por la de algunos de los predios de los vecinos, que se encuentran todavÃa más cercanos a la lÃnea fronteriza, esa barrera imaginaria que nos separa y nos acerca, a cada momento, al vecino paÃs que no deja de ser uno solo dadas las profundas interrelaciones que existen entre las gentes que habitan aquÃ. Si nos detenemos a mirar hacia el otro lado de la finca apreciamos una especie de hondonada, eso sà no muy profunda, con el color de un pasto apenas amarillento por la que corre una quebrada que ya no lleva tanta agua como en los dÃas de mi infancia, cuando jugaba en ella con mi primo Arnoldo, el
segundo de los hijos de Marcelino, otro de los hermanos de Francisco y de mi
madre, Rosa.
En la lejanÃa, alzando la vista y enfocando la mirada hacia el noreste, se puede apreciar la imponente cumbre del Volcán Barú o Volcán de ChiriquÃ, apenas un poco más elevada que la del Volcán Irazú, un elemento dominante del paisaje y que nos provoca mucha curiosidad e intensas emociones, pues allà durante casi setenta años vivió Francisco con los suyos, entre los ruidos y silencios de la naturaleza, propios de las regiones todavÃa no muy habitadas y que no están plagadas por la contaminación sónica.
La nostalgia por lo vivido durante las décadas pasadas que comprendieron buena parte del siglo anterior y la primeros diez años del que siglo que avanza, mostrándonos sus perfiles y rasgos propios de una nueva época con sus todavÃa más aceleradas transformaciones de la vida cotidiana en el ámbito tecnológico, que nos hacen cada dÃa más dependientes y hasta esclavos de las máquinas, apenas si puede hacernos olvidar la inmensa comunión que se dio entre el hombre y la naturaleza en aquellas regiones que formaron, hasta hace pocas décadas, una extensa frontera agrÃcola que se fue extendiendo y cambiando, de manera radical el paisaje, antes boscoso por otro muy semejante al de los valles centrales de Costa Rica. Cabe destacar que la localidad de Cañas Gordas y otras de esta región, no fue ajena a estas transformaciones. Cuando pienso en mi tÃo Francisco y su larga lucha, plena de afanes y de búsquedas, por mejores condiciones de vida para los suyos, lo
mismo que para los vecinos integrantes de su comunidad, en medio de circunstancias en sumo grado difÃciles, no puedo dejar en que su recuerdo siempre estará con nosotros, si perseveramos en esas búsquedas suyas que también deben ser, de algún modo, las nuestras.
Â
Los árboles y arbustos toda clase, palmeras incluidas, repletos de flores y parásitas de toda clase, que forman el bello jardÃn que Gladys Guerra, la esposa de mi tÃo Chico Cedeño fue cultivando a lo largo de varias décadas, en la parte más cercana a su casa, no sólo son algo digno de verse, sino que expresan de manera nÃtida esa perseverancia y ese entrañable afecto por la naturaleza que cultivó al lado de su esposo. Para ellos va todo mi amor, un sentimiento que he tratado de dejar plasmado, a lo largo de estas entregas sobre los avatares que sufre la memoria histórica, una memoria que no podemos perder sin dejar de ser nosotros mismos, en medio de esta inhumana globalización neoliberal/neoconservadora que termina por despojarnos hasta de nuestra identidad. Hasta siempre Francisco Cedeño Castro.
Para crear un enlace hacia este artículo,
copie y pegue el texto abajo en su sitio web.
Vista previa:
30 agosto | Rogelio Cedeño El paisaje está conformado por una serie de colinas con sus extensos potreros y áreas o pequeñas manchas boscosas, que se sitúan al lado de algunos cultivos de...

















